Por Sergio Zabalza (1)
Sabido es que las consideraciones doctrinales y legales que hacen al ejercicio del psicoanálisis difieren por completo. Mientras que las primeras indican el propio análisis (2) como condición sine qua non del practicante, las segundas se contentan con los créditos que testimonian los títulos de la universidad. No obstante hay un principio que estado y doctrina comparten: la abstinencia; si bien con diferentes alcances que convendría puntualizar.
En efecto, mientras que del mismo modo que para un médico, un juicio por mala praxis reduce la cuestión por ejemplo a la esfera del contacto sexual, el ámbito de la doctrina analítica hace de la abstinencia no sólo una privación a la que un analista debe someterse, sino antes bien el pivote por el cual su arte se constituye en la práctica de un imposible.
Si bien Freud reservaba tal adjetivo a tres tareas - gobernar, educar y analizar (3) - esta última es el ámbito que mejor pone en evidencia esa paradoja. Porque cualquier médico- según su especialidad- puede curar un resfrío o atender una fractura y, llegado el caso, los impedimentos subjetivos que puedan aparecer para llevar adelante determinada acción terapéutica no son internos a la tarea del médico sino puntualmente referidos a la particularidad de tal o cual profesional, por ejemplo: las objeciones de conciencia.
Sin embargo, en un análisis se trata de la vía opuesta, la singularidad del analista -“...ese factor individual [que] siempre desempeñará en el psicoanálisis un papel más importante que en otros campos” (4) - está involucrada desde un principio como condición de posibilidad de un tratamiento. No todo analista puede curar cualquier angustia, síntoma o inhibición. La aspiración de un terapeuta universal para los sufrimientos del alma es tan sólo un sueño que borra la condición misma del análisis. En otros términos: no existe el analista, hay analistas.
No en vano Lacan define la clínica como “lo imposible de soportar” [...[ haciéndose un deber repudiar todo lo que implica la idea de conocimiento” (5) y aporta un operador teórico indispensable a la hora de formalizar la práctica y el alcance de la abstinencia: el deseo de analista. En otros términos, trabajar desde el saber de Freud poco tiene que ver con la acumulación de información propia de un técnico. Por el contrario, nuestro oficio supone que siempre habrá para el practicante una problemática imposible de abordar que- por estar relacionada con su propia singularidad- hace que la íntima disposición a ceder en aquellos casos en que el deseo se muestra esquivo sea la prueba de su aptitud para ejercer la práctica.
Es por eso también que un analista elige sus pacientes. Y no se trata de antojo alguno, sino de una cuestión de imposibilidad- a veces dolorosa- relativa a la dimensión misma del deseo humano: se puede no todo.
En otros términos: No todo analista puede curar cualquier neurosis, síntoma o trastorno. La aspiración de un terapeuta universal para los sufrimientos del alma es tan sólo un sueño que borra la condición misma del análisis
De allí que cada practicante trabaje desde el resto singular resultante del propio análisis que, para ser merecedor de tal dignidad, debe hacer de su falta una puntual y oportuna ocurrencia. Esto, que aparece como una limitación de la herramienta, constituye sin embargo la clave para que la transferencia se constituya en el principal resorte de la cura.
En efecto, más allá de la comprensible sugestión que a veces produce el prestigio en los pacientes – y admiración en los colegas- no está mal recordar que, en la mayoría de los casos, un sujeto que consulta se presta verdaderamente al trabajo analítico tan sólo por la oportuna contingencia de un rasgo arbitrario e imposible de prever, sea éste la manera en que están ubicados los libros en la biblioteca, el desorden del escritorio o el tono con que se le habla.
¿Por qué ponemos tanto acento en esta especial condición del dispositivo analítico? Porque para un perverso no hay práctica de lo imposible: se puede todo, la impunidad le es constitutiva por estructura.
Conviene recordarlo, están muy bien las publicaciones, los títulos, y los posgrados aquí o allá. Pero para despertar del sueño: práctica de lo imposible.
(1) Psicoanalista. Hospital Alvarez.
(2) Sigmund Freud, ¿ Pueden los legos ejercer el análisis? en Obras Completas, A. E. Tomo XX, página 213.
(3) Sigmund Freud, Análisis terminable e interminable, en Obras Completas, A. E. XXIII.
(4) Sigmund Freud, ¿ Pueden los legos... Op. cit., página 206.
(5) Jacques Lacan, Sección Clínica de Paría en Ornicar? nº 8, p. 102, invierno de 1975-76, París: “ La clínica psicoanalítica, es lo real en tanto que (él) es lo imposible de soportar. El inconsciente es a la vez la huella y el camino por el saber que constituye: haciéndose un deber repudiar todo lo que implica la idea de conocimiento”
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